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Trujillo y su era

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Si el tema de la Era de Trujillo, la persona y la personalidad del dictador sirven de base para explicar gran parte de la historia moderna de la República Dominicana, no cabe duda de su influencia en el contexto de la posdictadura y de la gobernabilidad en el período que va desde 1966 hasta hoy 2009.

La enorme masa informativa, política, doctrinaria y, sobre todo, histórico-discursiva propiciada por políticos e intelectuales, no hace más que fijar en la historia y la cultura de nuestros días algunas manifestaciones y focos de influencia neotrujillistas apoyados por tránsfugas del izquierdismo y del neomilitarismo que han logrado establecer canales políticos solventados por instituciones llamadas “benéficas” o no gubernamentales, en pro de vender historias, archivos, memorias, escrituras oficiales y oficiosas en el marco de nuestra débil y corrompida estructura política, económica y moral.

Sin embargo, aun a pesar de los embates políticos posteriores a 1961, la figura de “El Jefe” como caudillo honorable, constructor, creador, pacificador, unificador económico de la nación, protector intelectual, renovador educativo y otros atributos reconocidos por seguidores nostálgicos, “especialistas” al uso y admiradores evidentes de su persona provenientes de la izquierda y la derecha, el “mito y la cultura de la Era de Trujillo” triunfan en el imaginario actual de cierta intelectualidad dominicana y sus micropolíticas de interpretación.

Al momento de enrumbar o dirigir sus pretensiones, investigaciones y rutas ideológicas por derroteros menos especiosos y menos ricos en afirmación de la consciencia nacional, se aspira a reconocer la importancia de lo dictatorial, la dictadura y el dictador en el ámbito narrativo, ensayístico, histórico y memorial, habida cuenta que el retrato, la etopeya, la biografía del símbolo de miedo, poder y perversión política del generalísimo contribuye, “ayuda”, al decir de intelectuales, admiradores y detractores del Jefe, a entender la República Dominicana de ayer y de hoy. 
          
Mientras se trata de rescatar, re-presentar, describir, re-vivir en el ámbito político e intelectual el campo dictatorial, autoritario y vejatorio, olvidamos “la condición rebelde” del pensador, las cardinales de una crítica histórica y cultural desacralizadora y abierta a serios pronunciamientos en torno a la verdadera realidad de las naciones, nacionalidades, identidades étnicas, democracias fracasadas y metas posnacionales.

Dos textos publicados por el filósofo dominicano Fidel Munnigh me llevan a reflexionar sobre la verdadera rebelión y la condición humana en estos tiempos corrompidos por maniobras ideológicas que se quieren presentar como “pruebas” apabullantes de los nuevos discursos prodictatoriales y de sus cuadrajes interpretativos de las realidades nacionales y mundiales. Se trata de “La condición rebelde” (publicado en Areíto, periódico “Hoy”, sábado 10 de noviembre de 2007, p. 3) y “Lecciones de geografía en un mundo de confusión y caos” (publicado también en Areíto, periódico “Hoy”, sábado 24 de noviembre de 2007, p. 10)_, donde nuestro pensador nos habla, en un estilo directo libre, de la condición del sujeto cultural en nuestras sociedades.
 
En “La condición rebelde”, Munnigh entiende una existencia problemática en su apertura también problemática. Piensa lo político y la política en sus tonos contradictorios, legibles e ilegibles. Se desprende de toda retórica amañada para explicar no sólo al dominicano y sus problemas, prejuicios, esperanzas, debilidades o valores, sino al hombre de hoy en sus crisis memoriales, políticas, económicas en el marco de una geografía física y política de la destrucción. Nuestro filósofo no se abraza a falsos determinismos historicistas muy frecuentes en “intelectuales de servicio” y “al uso” en nuestro medio, pues para Munnigh “el hombre que piensa, juzga el mundo y la creación entera. Sueña y afirma, pero también duda y niega. El hombre que actúa, crea o destruye, acepta o rechaza el mundo que le ha tocado en suerte. O uno acepta sumiso el orden del mundo y sus leyes o se rebela contra él. No hay posturas intermedias”.

 Contra un orden filosófico conservador, Munnigh no se plantea los falsos problemas históricos y personales de un dictador o un personaje histórico “vendible”, “negociable” ”simpático”, “perverso” “teratológico”, rico para el actual mercado del libro en el país. Nuestro pensador se abraza a un nuevo pensamiento surgente en la República Dominicana, que descubre en su dinamismo rebelde otro orden intelectual, otra vida posible de nuestra cultura.

Una reflexión interiorizada y  apoyada en una ontología crítica del sujeto rebelde, afirma el logos de la rebelión filosófica: “La condición humana es una condición rebelde contra el orden cósmico, divino y humano, y aun contra sí misma. El hombre es la criatura que se rebela, porque quiere ser algo más que hombre en un mundo de hombres. La rebeldía es también nuestra condición filosófica”.

Este argumento crítico-moral y reflexivo conduce dialécticamente a otro argumento complementario: “La verdadera rebelión, más que política, es metafísica. No se trata sólo de subvertir un orden social injusto, sino de algo mucho más radical y profundo: de rebelarse frente a cuestiones insolubles como el sufrimiento, el mal y la muerte”.
 
Creo importante asimilar este ensayo de Munnigh al ámbito de un nuevo pensamiento dominicano que, para tener su lugar, se afirma en la búsqueda y la crítica del sujeto filosófico y no en falsas y aparatosas construcciones ideológicas fundadas en figuras del pasado, representativas de una política amañada, corrompida y descalificada de la interpretación.

El reproche de Munnigh al neoconservadurismo de cierta condición intelectual dominicana se particulariza en esta doxa crítica conclusiva: “Siempre será deseable cuestionar el mundo que nos ha tocado en suerte. El coraje del hombre radica en saber decir “no” al poder. Cuando veo a un joven disidente desafiar solitario una hilera de tanques en medio de una plaza o a un niño alzar el puño amenazante en nombre de alguna utopía redentora, entonces no me cabe duda de qué lado está la dignidad y dónde moran los sueños”.

He dialogado con la escritura filosófica y política de Munnigh, joven pensador egresado de la Universidad Carolina de Praga, que hace de la filosofía política, la teoría crítica de la sociedad y el arte un proyecto de liberación del espíritu orientado al movimiento crítico de la cultura dominicana en sus registros e inflexiones más optimistas.  He podido escuchar de sus labios la crítica a una intelectualidad desfasada que cada vez más se une a causas perdidas, a “entretenimientos” y coqueteos neototalitarios, al manido tema de la identidad, al nacionalismo, Trujillo y su Era, como referentes deterministas e historicistas abrazados por una red indiferenciada de un Estado y una política cuyo “pensamiento” se convierte en  trampa donde el país se despedaza política, procesual y maquinalmente, en sus tejidos superestructurales y económicos.

Pero con todo y que los intereses económicos, sociales, educativos, técnicos, culturales e internacionales reclaman una reflexión ligada a un pensamiento actualizado en sus bordes y centros, persiste la vuelta al fantasma, al mito, al cuadraje intelectual de la Era y su símbolo en la figura del Jefe.

¿A qué apunta esta narrativa y sus correspondientes archivos, epistolarios, documentos, florilegios, fotografías reverenciales, biografías o historias políticas de vida en un contexto como el actual? ¿Qué es lo que hace del país un territorio de la repetición política representada por una figura dictatorial y ominosa?

Al momento de reconocer el valor de testimonios, novelas, ensayos y nuevos documentos sobre la barbarie de Trujillo, el fondo especulativo de la Era se va volviendo más “redentor” de su figura y estructura gubernamentales. El inconsciente político dominicano se hace legible en los tonos, tramados y memorias de afectos, desafectos, seguidores y enemigos de Trujillo, en una trama ideológica llevada a cabo y construida por solapados y fabricados testigos, ex cortesanos, “seguidores nostálgicos” y alcahuetes que, sin participar o vivir la Era y su tiempo monocultural, se convierten hoy en perfectos protagonistas del neoconservadurismo radical. Al escuchar y leer algunos relatos, testimonios individuales, memorias e informes de y sobre la Era, publicados y representados en lo que va de año, observamos que casi todos se repiten en formato, escritura, asunto, tema, discurso y representación. Al construir y asumir a Trujillo y su Era como patrimonio nacional fundador, los escritores, novelistas, ensayistas, políticos y protagonistas culturales en cuestión se alejan en el pasado trágico de la República, pero sólo para narrarlo, reverenciarlo, reproducirlo, reconstruirlo, “resucitarlo” y, finalmente, entenderlo como visión, representación, monumento gubernamental y nacional.

La presentación incontrolable de datos, personas y personalidades dictatoriales y autoritarias, acciones del Jefe, providencias del mismo, redenciones económicas e individuales, ambientes palaciegos, figuras menores y mayores de la empleomanía de la Era, redes e instituciones represivas y coercitivas del trujillato hace que el escriba, escribiente o “escribidor” que nos cuenta sus historias o memorias, no alcance a ver su derrota ideológica en las maniobras de un “pensamiento del afuera” de la dictadura. El costo ideológico de una interpretación y una documentación histórica parasitaria pide nuevas lecciones de historia, política y geografía.

En otro ensayo, titulado “Lecciones de geografía en un mundo de confusión y caos”,  Munnigh nos ilustra desde el arte de la fotografía, el subtexto y las ideas de la lección política y moral de nuestros días:   “Nuestro tiempo es un espejo roto en mil pedazos. Sus trozos nos devuelven la imagen de un mundo en confusión y caos.  Sus signos más horribles son la guerra y el hambre, con su secuela fatal de destrucción y muerte; sus numerosos escenarios abarcan todos los continentes. En esta era mediática vivimos al tanto de esos signos y esos escenarios”. 

El acento y la acentuación de los desastres sociales continentales mueve a precisiones que el autor reconoce en su discurso: “Gracias a las tragedias continentales aprendemos geografía universal. La geopolítica avanza a expensas de la historia. Los nombres de países y lugares tan remotos como Bosnia-Herzegovina, Somalia, Chechenia, Kosovo o Darfur ya nos son familiares. ¿Quién hubiera sabido pocos años atrás dónde quedan exactamente capitales como Sarajevo, Mogadishu o Pristina? ¿Quién las hubiera mencionado en el curso de una conversación ordinaria? (...) No hay dudas: los mass media nos enseñan geografía…” (p. 10).

¿Qué valdría la reconstrucción de la persona y la Era de Trujillo en un momento en que el ecosistema político nacional y mundial exhibe un sobrepeso de maniobras destructivas, agresivas, exclusivas, territorializadas en un espacio administrativo y moral globalizado? ¿Cómo queda en esta geografía económica, política y social la podrida y arruinada fortuna literaria y política de Trujillo? ¿Qué persigue la narrativa, la memoria, la ensayística y la exegética histórica de un régimen que a 79 años de su ascensión y a los 48 de su derrumbe quiere ser “resucitado”, “revivido” por un fundamentalismo intelectual y político encerrado en su logomanía repetitiva?

La idea de una razón cultural apoyada en la cultura-movimiento desestima toda política imperativa de la interpretación. La crisis de una historiología y una filología que cada vez más se politizan en el contexto de la lectura epocal reclama hoy cardinales significativas más seguras en la comprensión de la historia cultural local y sus imágenes fundamentales de vida, tiempo y realidad.  _______________________________________________________________________
Odalís G. Pérez es doctor en filología y semiótica por la Universidad de Bucarest, Rumania, y profesor en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD).

_ Ambos textos, publicados primero en la prensa local, aparecen reproducidos en esta página digital.

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